Visto que hacer de barrendero de spam es tremendamente fatigoso (y también de los troles que no me olvidan y recuerdan que tengo que montar un club de fans de Bruno Cardeñosa) hagamos un alto en el camino (que diría el ya olvidado butanito) y pasemos, de nuevo, a las esencias cinéfilas. Los dramas carcelarios siempre han dado mucho juego en el cine (sobre todo) de Hollywood aunque, en cierta forma, se hayan repetido los mismos patrones cinematográficos en todos ellos a lo largo del tiempo. No siempre con destellos de calidad (especialmente en los últimos treinta años) pero, en cualquier caso, nos han dejado historias siempre tensas, tremendamente realistas, efectistas en algunos casos, cargadas de poderosa fuerza dramática en otros, pero sobre todo han sido, en buena parte, un vehículo de denuncia acerca de las condiciones de vida de los reclusos, cuyos exiguos derechos humanos solían ser vulnerados por individuos (alcaides o guardianes) que creían estar en posesión de una sobreautoridad pero que no desmerecían en muchos casos de la personalidad psicópata de algunos internos (el jefe de los carceleros Munsey, Hume Cronyn, en la magistral Fuerza Bruta, de Jules Dassin). Desde la lejana y sensacional Soy un Fugitivo (1932, Mervyn Le Roy, con Paul Muni), pasando por la ya mencionada Fuerza Bruta, la no menos espléndida obra de Joseph Leo Mankiewicz Sin Remisión (cediendo aquí el protagonismo a las reclusas femeninas, con una fenomenal Eleanor Parker), Fuga de Alcatraz (del mismo director que Motín, Don Siegel, y con Eastwood), el Brubaker de Robert Redford hasta las más recientes (Pena de Muerte, Tim Robbins) el universo del cine carcelario ha estado marcado por esa siempre distante asimetría entre la autoridad y los individuos que conviven entre cuatro muros, en definitiva, entre las formas sobre cómo llevar a cabo el control de las cárceles y cómo han de ser resueltos los distintos problemas que surgen en las mismas (sujetos recurrentemente peligrosos; los motines y las peleas entre internos, las protestas por una comida sacada de un basurero, la reivindicación, en sí misma, de derechos básicos que han sido pisoteados de forma habitual).
Un ejemplo de que la realidad supera a la ficción, sucedió en la prisión de Attica (Nueva York) en 1971, donde en un acto de barbarie sin limites la Guardia nacional de EEUU, bajo órdenes directas de Nixon y el gobernador de Nueva York, Nelson Rockefeller, asesinó a sangre fría a veintinueve reclusos desarmados y diez rehenes (guardianes acribillados por las propias balas gubernamentales). Los supervivientes de la revuelta fueron posteriormente torturados y les fue denegada asistencia médica. Era la forma que tenían los EEUU de aplastar cualquier rebeldía disidente que, en el caso de Attica, se había tornado de un componente fuertemente político (el “black power”, pero con una total colaboración de los reclusos “blancos”), además de la exigencia de terminar con los sistemáticos abusos a que estaban siendo sometidos los presos. Sobre Attica se construyeron las habituales falsedades gubernamentales para distorsionar lo que realmente ocurrió y, reconociendo que se les fue la “mano”, se vendió al mundo un gigantesco bulo en contra de los internos de aquel presidio de la muerte. Si llega a acontecer en un país del “telón de acero” el escándalo hubiera sido de los que hacen época y los adjetivos se hubieran quedado cortos para los libros de historia. Otra marca más del horror americano y su manera “dialogante” de resolver conflictos. Nada nuevo, puesto que es a lo que nos tiene acostumbrados el Tio Sam en sus aventuras imperiales por el mundo.
Pero volviendo a la (afortunadamente) ficción cinematográfica de Don Siegel, el director norteamericano saca excelente partido de su Motín en el Pabellón 11 (1954), película realizada a bajo coste con los mejores recursos cinematográficos posibles. Utilizando actores prácticamente desconocidos (salvo Neville Brand, que tampoco era una “star”-system, precisamente) y extras contratados entre los propios reclusos donde rodó la película (la prisión de Folsom, en California), Siegel desgrana con maestría y en un estilo cercano al documental la rebelión de un grupo de presos en un pabellón especialmente conflictivo (el número 11). El mayor rasgo distintivo de esta película es la autenticidad narrativa con la que se resuelven las distintas situaciones que acontecen a lo largo del film. Desde el impecable retrato psicológico del jefe que lidera la rebelión (Neville Brand) hasta la insólita caracterización “humanista”, casi diría que empática, del alcaide (lejos de los pusilánimes personajes que siempre estamos acostumbrados a ver), un hombre cuya filosofía de actuación va más allá que el ser un vulgar e implacable déspota carcelario a las órdenes del sistema. Todo lo contrario, el alcaide Reynolds (en la ficción) es partidario de tender puentes con los reclusos y mejorar su status carcelario. El mensaje-denuncia es, pues, diáfano. Pero el medido realismo de la acción también da paso a la sociología de los personajes que pueblan el submundo de la cárcel, sus tensiones internas, el liderazgo sobre quién debe de llevar a cabo la revuelta, en qué términos y condiciones, todo ello dentro de un crisol de perfiles humanos, los presos, que arrastran tras de sí historias, como mínimo, sombrías.
Poco se puede decir de los actores principales que no sea elogiar su encomiable trabajo, sobre todo en lo que respecta a Neville Brand, un actor que se metió con ganas y convicción plena (era un firme partidario, en la vida real, de la defensa de los derechos de los presos) en la piel del líder Dunn. Mientras que el papel del alcaide Reynolds recae en Emile Meyer, otro actor desconocido que recrea con determinación su personaje, al igual que los ocasionales reclusos convertidos en actores aficionados que dan, si cabe, mayor realismo a la película. Y es que Don Siegel fue, sobre todo, un experimentado y veraz autor de cine de entretenimiento, dejando en buena parte de su legado cinematográfico un sello de calidad indiscutible. Esta película es una buena prueba de ello así como en otros títulos bien conocidos: La Invasión de los Ladrones de Cuerpos, Código del Hampa (John Cassavettes, Lee Marvin y Ronald Reagan -socorro, pero menos-), The Lineup, La Jungla Humana, la más introspectiva El Seductor, La Gran Estafa (con un gran Walter Matthau) o su otra sobria aventura carcelaria, la ya mencionada Fuga de Alcatraz. Menos estimulante me resulta su hiperconocida Harry el Sucio, película de mensaje reaccionario, llena de falacias lógicas y de una ambivalencia moral irritante.













